En muchas ocasiones hablamos -y pensamos- en automático, diciendo cosas que, en realidad, no tienen nada que ver con nosotros. Sin embargo, al estar programadas en nuestra mente, las soltamos sin pensar. Hay un refrán que dice algo así: «Hasta que ‘tal cosa ocurra’ se pueden morir el burro y el que lo arrea». Lo que viene a decir es que cuando planeamos algo puede no salir, porque suceda algo -normalmente malo- que lleve al traste con lo que teníamos organizado.

Es cierto, claro que puede ocurrir, pero si nos regimos por este refrán al que, reconozco, le tengo bastante manía, nunca nos moveríamos de donde estamos.

Planificar quiere decir llevar a cabo un plan de acción.

Movernos, hacer algo por cambiar la situación actual, ir de donde nos encontramos ahora a donde queremos estar: no quedarnos esperando a que las cosas pasen sin que formemos parte de la toma de decisión.

Claro que pueden acontecer cosas inesperadas, incluso dramáticas, pero para eso están los planes B, si se pudiera optar a ellos porque la desgracia en cuestión no fuera protagonizada por una defunción.

No se me ocurre nada más triste que esperar a morir, porque total, va a ocurrir, así que para qué voy a hacer algo que quiero o que sé que me va a hacer sentir bien, sea ahora o a medio/largo plazo. Para qué voy a organizar mi cumpleaños, o voy a escribir un libro o un artículo, para qué voy a pedir cita en la peluquería, si lo mismo cuando llegue el momento de celebrar, publicar o echarme el tinte ya me he muerto. El burro y el que lo arrea pueden espichar en cualquier momento, pero eso no me va a impedir llevar a cabo lo que está en mi mano hacer: trabajar por mis sueños, cuidarme y disfrutar de la vida, precisamente por eso. Porque es breve y finita.

Esta creencia limitante, como otras del tipo «ya estoy viej@», «no puedo hacerlo» o «soy vag@», no son más que programas aprendidos e interiorizados en nuestro cerebro que hacen que no movamos el culo y nos quedemos en el sofá esperando.

Porque nos da -o creemos que nos da- pereza o miedo. O las dos cosas.

Nos amarran a un lugar al que no pertenecemos: es una programación mental que vete a saber desde cuándo está ahí y que quizás, en algún momento, sí tenía que ver con nosotros, pero ya ha caducado. Y como los alimentos de la nevera, estos no se tiran solos a la basura: tienes que abrir el frigorífico, ver qué cosas ya no están en condiciones para que no pudran las demás, cogerlas y tirarlas. Nadie las va a tirar por ti, si tú no lo haces se van a quedar ahí.

Y sí, la mayoría de las veces es desagradable, o no tienes ganas,
pero hay dos opciones: o lo limpias o comes moho. Tú mism@.

Todos envejecemos desde el momento en que nacemos: es así, nos guste o no. Ocurre y no podemos hacer nada para evitarlo. Lo qué sí está en nuestra mano es la forma de envejecer, siempre teniendo presentes que hay enfermedades y accidentes que escapan a nuestro control. Pero sí, podemos controlar -hasta cierto punto- cómo vamos a envejecer.

Si no hacemos ejercicio, si no mantenemos a nuestra mente ilusionada aprendiendo cosas nuevas, si nos alimentamos con todo lo que se nos antoja todo el tiempo (que seguro no es brócoli), sin una mínima disciplina -que no dieta-, tenemos un porcentaje bastante más alto de que nuestra vejez sea una puta mierda, en comparación con la que tendremos si llevamos estos hábitos saludables, que no son más que autocuidado, querernos y tratarnos bien en el presente para estar lo mejor posible en el futuro, si es que este llega.

Porque sí, se pueden morir el burro y el que lo arrea, pero si eso no ocurre (y llegamos a viejos), en lugar de estar agradecidos por un nuevo amanecer, quizás deseemos que el burro y el que lo arrea nunca hubieran visto la luz de un día más.

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