Desde bien pequeños se nos machaca con obligaciones, madrugones y lugares a los que no queremos acudir. La imposición de decisiones que no salen de nosotros.

La disciplina está bien, me gusta y creo que es muy necesaria para cumplir objetivos. Otra cosa bien diferente es el adoctrinamiento: el vete acostumbrando porque esto es lo que hay, el hay que vivir para estudiar y trabajar, en lugar de al contrario. Ahí, a hincar los cuernos sin saber muy bien por qué ni para qué, sin tener definido lo que quieres, lo que eres y necesitas, y que nada tiene que ver con los demás, solo contigo.

El decidir, siendo prácticamente un proyecto de persona, a qué vas a dedicar toda tu vida. Meterte en ese cajón y nunca más salir de él. Es lo que decidiste, inamovible. Se acabó, no hay vuelta atrás. ¿Por qué? ¿Quién dice semejante tontería? ¿Y por qué le hacemos caso?

Y no solo eso. Aprendemos, porque lo vemos en una mayoría aplastante, que el trabajo es asco. Trabajar porque no hay más remedio, porque paga cosas y comodidades de las que queremos disfrutar. Pero qué asco cada día. No nos han enseñado que el trabajo puede -y debe- encantar. Que hay días que no te apetece, pues claro: ahí entra en juego nuestra amiga la disciplina.

Pero no, el trabajo es un castigo -divino- al que encima tenemos que estar agradecidos, porque nos da calidad de vida, se supone. Nos da dinero para pagar coches a los que subirnos cada mañana para desplazarnos al lugar de trabajo de mierda, y en los que volvemos agotados, estresados o enfadados, a una casa que pagamos para disfrutarla un par de horas, viendo la tele y durmiendo. O quizás vivimos cerca del trabajo, o nos desplazamos en transporte público, da igual. Sabes de lo que hablo. Y al día siguiente, otra vez a la rueda de hámster. Ahora con la pandemia y el teletrabajo algunas personas han visto el cielo abierto, otras no tanto, pero eso es otro tema.

Qué diferencia si nos hubieran enseñado de pequeños en vez de tanta raíz cuadrada y los afluentes de los ríos, qué es lo que nos gusta, qué se nos da bien y que eso mismo que nos apasiona durante unos años, mañana puede dejar de hacerlo y no pasa nada.

Que hoy nos encanta ir conduciendo al curro, pero dentro de diez años nuestras prioridades cambian, pero ahí seguimos, como un seto: coche pa’rriba, coche pa’bajo. O antes nos encantaba tener el trabajo a tiro de piedra y, por lo que sea, eso ya no entra en nuestro ideal de vida. Es esa imposición de decisiones para la que nos han programado desde la infancia.

El ser humano está, por naturaleza, en constante cambio: es un ser social, al que le gusta aprender, salvo que esa esencia se vea alteradada por condicionantes externos. Desempeñar toda la vida un mismo trabajo, que nunca cambia y en el que la creatividad no entra en juego por la propia idiosincrasia del mismo es, cuando menos, aburrido.

Llega un momento en que, por muy despierto que sea uno, pierde el interés, se acomoda y a mí plín. ¿Eres feliz, aunque te haga plín? Perfecto. Este artículo es para los que no.

De todo se puede cansar uno: se harta la programadora informática y el profesor. Se hastía el camarero y la que trabaja en una cadena de montaje. Vuelvo a repetir: días malos en los que huiríamos en dirección contraria los tenemos todos, pero cuando eso deja de ser un momento puntual y queremos salir corriendo a diario, algo falla. Y quedarse ahí, en la mal llamada zona de confort, a la que yo denomino -creo- más acertadamente mierdizona, no soluciona el dilema, sino que lo hace cada vez más grande. Empiezan entonces los problemas de ansiedad, el mal humor «por nada», los dolores hasta de pestañas y las lamentaciones, sin una búsqueda real para resolver aquello, porque da miedo. Por muy mal que se esté: da pavor salir de ahí.

Tampoco se trata de volverse loco y, sin ningún plan ni estrategia, mandarlo todo a salva sea la parte. No. Eso sería lo fácil a cortísimo plazo. Y es obvio que no soluciona la cuestión. El remedio está en mirar dentro. ¿Dentro? ¿Dentro de qué, de dónde? De uno mismo. Porque solo así sabremos qué es lo que podemos sacar al exterior. Porque desde lo que amas puede que sudes -o no- el pan que quieras ganar, pero no será un sacrificio abrir los ojos cada mañana, resoplando.

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