Doña Angustias está como si le hubiera comido la lengua el gato. Además empieza a temblar: nota cómo el estómago se le hace un nudo que no para de saltar y que las ganas de vomitar hacen acto de presencia.

No, por favor, se dice a sí misma. Ya lo he hecho otras veces y sí, fatal por culpa de los putos nervios. Pero esto no es nada extraordinario, lo hace todo el mundo, se convence. No voy a hacer nada excepcional, ni nadie le va a dar la importancia que mi cabeza, no sé por qué, le da.

Por unas milésimas de segundo esas palabras surten efecto en su cuerpo, pero duran eso: algo menos de un suspiro. Le tiemblan las manos y siente una ganas irrefenables de salir de allí corriendo. Se pregunta qué hace en ese lugar, para qué ha ido. Si por lo menos estuviera Lola… Pero no, en estos casos solo la alteraría más o se terminaría cabreando con ella por no dejarla en paz y ponerla con los nervios de punta; más aún.

No hay nada ni nadie que pueda
solucionar aquello, solo ella misma.

Pero la Ansiedades no tiene las herramientas para gestionar todas esas emociones que la alejan irremediablemente de algo que, muy en el fondo, sabe que le podría gustar bastante y que se le daría bien. Sin embargo, en ese instante lo odia porque el mal rato que le hace pasar es insoportable. Tampoco esto es algo que se le tenga que dar bien a todo el mundo, ni es necesario que sea así, se dice.

Es su turno. Mencionan su nombre junto al de sus compañeros de mesa. Siente que todo le da vueltas, pero tiene que hacerlo. Haberlo pensado antes, se castiga, mientras toma asiento con aparente tranquilidad junto al resto de escritores. Comienzan las preguntas y las otras tres personas de la mesa acaban cada una su turno de palabra. Le toca a ella.

Doña Angustias comienza a hablar y su natural verborrea ha desaparecido. En su lugar hay una persona extremadamente tímida, que apenas mira al frente y, de manera muy escueta, intenta explicar lo que quiere decir. Tampoco quiere alargarse mucho -¡como si pudiera!- porque está convencida de que a nadie le interesa lo que ella pueda decir, no quiere hacer perder el tiempo a las personas que se encuentran allí. Ella no tiene nada que aportar, se dice convencida.

Ahí está, su impostora. La cogería por el pescuezo hasta que se pusiera azul y pataleara. Permanecería así hasta que dejara de respirar, pero no puede hacerlo porque su impostora no es una persona física.

Doña Angustias se da cuenta de que tiene un tema más que tratar cuando acuda a la consulta de la psicóloga y suplica por que el tiempo que le queda para hablar en público pase lo más rápido posible, aunque sabe certeramente que será todo lo contrario.

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