Cuando sabes lo que es sano y lo que no, el ejercicio que debes hacer, las comidas que te sientan mal y, aún así, pecas como una bellaca cuando se acerca «la semana». TU SEMANA. Sí, lo reconozco: soy una adicta azúcar.

Y también en otros momentos del mes, porque se te antoja, porque «uy, qué rico, es solo hoy» y un largo etcétera que apestan a excusas baratas. Porque no es solo hoy. Si fuera así no estaría escribiendo esto. Sí, soy una adicta al azúcar.

En estas estábamos una amiga y yo hablando el otro día:

«Llegar al supermercado con la mejor intención: puerro, espinacas, cebolletas, tomates… MUTAR y llegar a la caja con una caja de 6 donuts (4+2, son unos HIJOS DE PUTA), dos tabletas de chocolate (la segunda al 50%) y un paquete de patatas».

Parece la compra de dos personas. O de una con trastorno bipolar de la personalidad.

Y es que el enganche al azúcar, como diría un conocido filósofo contemporáneo, «no es cosa menor, o dicho de otra manera, es cosa mayor».

Yo, sinceramente, creo que se debería declarar el azúcar refinado como droga dura.

Porque ENGANCHA.

Engancha tanto que, a determinadas horas de la tarde, sí, ese momento -TU MOMENTO- venderías a tu abuela por una chocolatina bien cargada de calorías vacías.

Y, por eso mismo, la industria alimentaria seguirá metiéndonos el azúcar y demás porquerías dónde puedan y les dejen. Porque fijaos cómo es que, hasta personas informadas y que no quieren caer en la tentación, caen.

Caemos. Hasta lo más bajo. Es lo que tiene ser una adicta al azúcar.

No hablo de las que no se preocupan por estas cosas o de las que, aún sabiéndolo, optan por comer lo que les da la gana todos los días, y no comida real precisamente.

Obviamente cada uno es libre de meterse en la boca lo que quiera (sí, tenéis la mente sucia).

Hablo de personas que, como Irene y yo, nos preocupamos e informamos de lo que comemos, pero nos dan esos ataques de «comida basura, POR FAVORRRR».

Y sabiendo que no te sienta bien, que no vas a caber en ese pantalón tan mono del año pasado, que se te hinchará la barriga y demás escatologías, ¡ZAS!, te lo zampas.

Y se cumplen cada una de las cosas que hemos dicho. Y entras en un bucle de hoy pizza, mañana un pastelito (que al final son dos), pasado chocolate, dentro de un rato patatas y así hasta salir rodando cuesta abajo.

Llega el momento de la DESINTOXICACIÓN.

Los primeros días -cual droga dura- son los peores. Una vez pasada una semana el abdomen se deshincha, te sientes mejor, con más vitalidad y dejas de sentir esa necesidad visceral.

Pero llega el día en que has quedado para comer, o que vas al súper con hambre, y ¡PUM!, vuelves a caer.

Y comenzamos de nuevo. Me recuerda a mis múltiples intentos de dejar el tabaco (y que sí conseguí).

Mi amiga y yo nos hemos desafiado. A ver quién supera a quién. Es una forma divertida de mantener una alimentación sana y nutritiva.

Y ojo que no se trata de no volver a probar una Muerte por chocolate, un helado o una pizza, sino de hacerlo con consciencia y control.

La persona debe controlar lo que come y no al revés.

¿Ha quedado bien, verdad? Pues hala, allá amos.

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