Dicen por ahí que la vida está para ser vivida. También se oye que vivir y sufrir a veces son sinónimos. Creo que ambas afirmaciones son ciertas y están llenas de verdad. Y la eutanasia es la libertad de decidir cúando dejar de sufrir por vivir a toda costa, hasta de uno mismo: una opción que debería estar legislada.

¿Pero hasta qué punto puede alguien o algo obligarte a vivir una vida que certeramente solo conlleva un sufrimiento infinito? ¿Acaso las tecnologías, los medicamentos no son una forma de alargar la vida, sorteando al destino o a Dios (suponiendo que algunos de los dos exista)?

¿Acaso no estamos jugando también a ser superiores cuando nos ponemos en tratamiento para distintas enfermedades, como por ejemplo el cáncer? Si lo hubiéramos padecido hace diez o veinte años hubiéramos muerto casi con seguridad, sin embargo ahora es muy probable que lo superemos. ¿No estamos jugando aquí -en todos estos casos- con la supuesta providencia o como quieran llamarla?

Me parece estupendo, respetable y valiente que haya personas que, por las razones que deseen, quieran dejar este mundo de manera «natural», sin mejunjes artificiales de por medio.

Igual de estupendo, respetable y valiente me lo parecen aquellas que no desean alargar un sufrimiento para ellas innecesario, puesto que el final no será otro que fallecer, sin mejoría, sin posibilidad, solo yendo a peor: SIN ESPERANZA.

Sin embargo, entre estos dos grupos de personas hay una gran diferencia: las primeras pueden acceder a su voluntad con total libertad; las segundas, no. Y no solo eso, sino que si encima debibo a su enfermedad se encuentran incapacitadas para poder llevar a cabo su fin, tampoco cuentan con la ayuda de nadie, ya que se estaría cometiendo un delito con penas de cárcel. Las primeras son libres; las segundas, no.

¿Acaso no es esto anticonstitucional? ¿Por qué clase de leyes nos regimos aún? ¿Civiles o religiosas?

¿Estamos obligados a cumplir la voluntad divina a la hora de nuestra expiración aunque no creamos en ella, aunque no nos importe y a pesar de estar en un Estado -supuestamente- aconfesional?

¿Acaso también nos engañan con esto? ¿O es que tampoco vamos a poder decidir cuándo es suficiente? ¿Acaso no es doloroso tomar la determinación de ponerte fin a ti mismo?

Parece como si fuera una sentencia fácil, como decidir si te bajas o no con los amigos a tomar unas cañas. Esa frivolidad, esa superficialidad, ese MALQUERER no sé de dónde viene, pero desde luego dudo mucho que proceda de un Dios o un ente generoso, comprensivo, compasivo, humilde, paciente y altruista.

No son palabras elegidas al azar, sino sacadas de la web recursoscristianosweb.com buscando «cualidades de Jesús», o sea las cualidades del Hijo del Dios cristiano que, por estar en España, es el que nos ocupa. A pesar, me reitero, de la aconfesionalidad del Estado.

Aunque da igual si ese Dios, el Hijo o el Espítu Santo son buenos, regulares o malísimos. No les será indiferente a sus creyentes, o sí, pero estamos hablando de la población completa de un país. Sí, ACONFESIONAL.

Es obvio que las leyes en esta nación dejan mucho que desear, que la educación y la sanidad están por mejorar años luz; está meridianamente claro que la Iglesia católica conserva prerrogativas como la exención de impuestos.

Democracia no es ir a votar cada cuatro años para que después sean las grandes empresas y corporaciones las que manejen el cotarro. Todo esto lo tenemos claro e incluso asumido, cual ganado lanar.

Pero por lo menos, déjennos la voluntad  a cada uno de elegir cuándo y cómo morir: la opción de la eutanasia, libertad de decidir.

Déjennos morir en paz, por favor.

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