Doña Angustias percibe lo curiosa que es la cantidad de tontos que hay en el mundo, pero más aún es lo bien repartidos que están. Están por todas partes, se dice, hablan todos los idiomas y se expresan en todos los acentos. Y se cuestiona «a lo Shakespeare»: imbecilidad o falta de empatía, esa es la cuestión.

La Ansiedades da por cierto que debido a la incompatibilidad de caracteres o vivencias, pueda resultar verdadero que en un determinado lugar solo haya gilipollas, pero no. En realidad sabe que lo que suele pasar es que a mayor tasa poblacional de un lugar, más de los susodichos hay. Es una estadística de la que no tiene pruebas, pero tampoco dudas, como diría La vecina rubia.

Angus entiende por tontos, gilipollas, aquellos que creía ella que se iban a dar cuenta con la pandemia de su tarita y le pondrían remedio, pero ahora sabe a ciencia cierta que lo único que ha ocurrido es que se ha hecho más patente aún su falta de respeto y educación.

También es cierto que hay varios niveles, se dice. Todos hemos sido un poco -o un mucho- imbéciles en algún momento de nuestra vida, ella la primera (para muestra el verano pasado). Por desconocimiento o empanamiento mental, provocado por circunstancias de ese día o sustancias varias. Doña Angustias las ha cumplido todas.

A los adolescentes la Ansiedades les perdona casi todo. Casi. Que son adolescentes, pero hay niveles de raciocinio mínimos. (¿Y dónde y qué hacen sus progenitores?, se pregunta ella entre la curiosidad y la indignación). Sin embargo, comprende que, si el desconocimiento y el empanamiento mental se juntan encima con el disloque de las hormonas, el cóctel explosivo que se forma ahí da lugar a idioteces supremas. Aunque a estas alturas pandémicas, que se hagan ciertas cosas pues ya no lo entiende, la verdad. Nivel de empatía menos veinticinco, arguye entrecerrando los ojos. Psicopatía en marcha.

En voz alta hace un estado de la cuestión:

—Estamos a finales de marzo de 2021, ayer fue Viernes de Dolores y hubo en España 590 muertos por Covid. Casi seiscientas personas. En un día. Casi .

Y después, continúa pensando ya para sí, nos echamos las manos a la cabeza, indignados, cuando vemos un reportaje sobre el holocausto nazi, por ejemplo.

Nos rasgamos las vestiduras diciendo que qué tendrían en la cabeza nuestros antepasados, porque nosotros no permitiríamos tal cosa. Sí, claro, porque ahora somos más avanzados, hemos evolucionado y tenemos un móvil que nos enseña solo lo que queremos ver. Los de antes eran unos cazurros desalmados que poco o nada tienen que ver con nosotros, adelantados tecnológicos a golpe de algoritmo. Y, cuando pase un siglo, menos, treinta o cuarenta años, y se recuerde en documentales esto del bicho y lo que ocurrió a nivel mundial dirán “vaya panda de mamarrachos inútiles y descerebrados”. Y con razón, asiente la Ansiedades.

Doña Angustias se pone en plan futurista y piensa que todo continuará tal cual, hasta que llegue de nuevo una pandemia, o un asesino psicópata votado por los mismos ciudadanos, o una dictadura robótica a lo Terminator a la que poner solución desconectando la tecnología, y no se haga.

Entonces, razona ensimismada, si queda algo de raciocinio humano, algunos se darán cuenta de que la humanidad no es tan superior ahora, sino que simplemente son seres humanos viviendo en otra época histórica, en otro contexto social y económico. Y vendrán los lamentos, los llantos y la vergüenza como especie. Y los tontos. Otra vez.

La Ansiedades suspira, desesperada. Piensa en una alternativa, pero es todavía peor: la de que estemos tan anulados para quejarnos que ni eso ocurra, mientras miramos al vacío sin ver nada de lo que nos rodea. O puede que se equivoque y los tontos nunca vuelvan a campar a sus anchas porque la educación y el respeto son, por fin, los valores supremos de esa sociedad futura creada en su mente inquieta. Esboza una sonrisa de satisfacción. Gilipollas extintos. Y de un salto mental se imagina saboreando uno con casera blanca en una terraza, con su rodajita de limón y una tapita de papas aliñás. Empatizando que es gerundio.

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