En la hostelería distinguimos, así a grosso modo, a clientes y camarer@s. Dentro de los trabajador@s de hostelería encontramos una rica fauna, a veces salvaje, pero titulándose esto «Memorias de una camarera», permitidme la licencia de que, por lo menos hoy, discurra únicamente sobre el apartado «clientes», en el que encontramos toda una amalgama de SERES, algunos normales, coherentes, amables, personas al fin y al cabo.

Sin embargo, en esa mezcolanza de entes localizamos a unos que van a dos patas, como los seres humanos, pero esto no es más que una engañifa, ya que solo tienen de civilizado eso: andan cual bípedo y las cuatro patas -que sepamos- no es lo suyo, o por lo menos no en público. El resto de cualidades humanas debieron perderse durante el transcurso de la Historia.

L@s hay despistadill@s, que se encuentran la puerta y la baraja cerradas y te preguntan asomando la nariz si está abierto, o se cuelan por la rendija:

– ¿Está abierto?

– ¿Cómo estaba la puerta?

– Cerrada.

– Entonces está… ¡Cerrado! O se perdieron Barrio Sésamo o son de la ESO… Sinceramente no sé qué me da más pena.

Los hay ahorradores, que se la quieren coger fina con una sola copa gracias a la españolizada y casposa frase: «Échame más (pero no se te ocurra cobrármelo, que sé que en los bares el alcohol no lo compráis, sino que se reproduce gratuitamente por esporas debajo de la barra)».

Aquí encontramos la variante «chupitera», -que no chupóptera- que aunque tomar un chupito es algo típico para después de una copiosa comida, est@s se lo toman después de un par de cervecitas y seis o siete boles de frutos secos «free» que, si lo comparamos con el alpiste que toman algunas aves, pues abundante sí que es, resultando necesario refrescar el gaznate.

También los hay curiosones, que se quieren enterar de tu vida y te preguntan cosas como si tienes novio, si llevas mucho trabajando ahí, si eres hetero o gay: «En verano (o fiestas de guardar) no somos nada, no da tiempo de empetar ni de que te empeten, somos simples bultos con ojos».

Dentro de esta corporación l@s hay simpátic@s, agradables y l@s hay asqueros@s y babos@s. Ya sabéis a qué me refiero. Est@s últim@s merecen un post completito para ell@s.

Para terminar por hoy, están l@s subidit@s. Los que se creen que eres imbécil porque dan por hecho que trabajar en hostelería significa que no te has leído un libro en tu vida. Con la fórmula «hostelería+mujer», el efecto del subidito (que, como en los casos anteriores, puede ser macho o hembra) se multiplica por infinito y más allá.

En cuanto abres la boca y ven que tienes más vocabulario que ell@s te miran con incredulidad y:

a) Se quedan con las orejas gachas (ocurre pocas veces).
b) Les entra una rabia típica de los seres infelices y van a pillarte, cosa que nunca ocurre porque tú l@ estás esperando desde que le has visto entrar.

Y es que el personal hostelero desarrolla un sexto sentido: se da cuenta con solo mirar quién es de fuera, distinguiendo con un margen de error de un 0’5% el origen del extranjero; cala a simple vista al que viene con los cuernos retorcidos por el Levante; sabe de un vistazo quién es buena persona o un tú ya me entiendes.

Como cantaba Chenoa: «Cuando tú vas, yo vuelvo de allí; cuando yo voy, tú todavía estás aquí. Crees que me puedes confundir». Pues va a ser que no.

Que me haga muy bien la tonta por educación, pragmatismo o incluso por vergüenza ajena no significa que lo sea.

Pues eso. Show must go on.

Puedes ayudarme a cumplir mi sueño de publicar mi primera novela realizando una microdonación en https://paypal.me/ioescritora?locale.x=es_ES o realizando una suscripción mensual de 2€ o 5€ en https://patreon.com/ioescritora
De ambas maneras estarás contribuyendo. Gracias infinitas.

Deja un comentario