Mi primer recuerdo del Tango de un coro de Carnaval es de cuando tenía unos cinco años, junto a mis padres en la Plaza. Ahí comenzaba todo: vivir el Carnaval de Cádiz.

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La gente se arremolinaba alrededor de la batea, el sol me pegaba en la cara, el olor a vino endulzaba el ambiente y el silencio sin más se presentó, cuando las guitarras y bandurrias se dispusieron a comenzar el tango.

Yo me quedé embelesada, mirando hacia arriba y, conforme la música avanzaba, sentía dentro de mi cuerpo «una cosiquitiquita» que me subía desde la barriga hasta la garganta y se asomaba a mis ojos.

Seguro que no era la primera vez que escuchaba un tango, pero sí fue la primera vez que fui consciente de ello y ya se quedó en mí para siempre.

Para mi pena no he salido nunca en Carnaval -nunca es tarde, aviso a navegantes- pero quedé marcada por esa experiencia y las que vinieron después: Las momias o Los comboys d’a pejeta; cantar Los duros antiguos y Calabaza en el autobús del colegio cuando íbamos de excursión; escuchar a mi amigo desgañitarse con Los dos vientos y memorizarla porque es maravillosa; largarme de Confirmación para no volver por Ha dicho el Santo Padre; llorar con Caleta; cantar El vaporcito del Puerto o Hay quien dice que Cádiz no tiene fiestas en la barbacoa del Trofeo; aprenderme cada letra de M. Ares; morir con las chirigotas de Juan Carlos y agonizar con sus comparsas: tener el corazón dividido por culpa de ambos; entonarle al oído a un desconocido en San Fermín Acércate, torito.

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Interpretar Me han dicho que el Amarillo; cantar toda la noche del sábado de Carnaval por la ciudad con mis amigas -cogidas de los brazos- los repertorios de Las Viejas o Los Aleluyas; aprenderme el tango Alguien me quiso contar y cantarlo en la esquina de El Manteca; esperar una genialidad del Selu cada febrero; sorprenderme con las maravillas que todos los años ofrecen muchas agrupaciones en las tablas del Falla o en la calle, que me impresionan y me hacen sentir «muy impaciente» por volver a escucharlas o verlas salir «en procesión». Contemplar cómo van in crescendo en cada pase.

En definitiva, vivir el Carnaval de Cádiz.

Hablar con Luis del que fue su primer pelotazo con la comparsa en juveniles; animar a cantar a David y verlo perder la vergüenza gracias al teatro, ver a gente del cole en un coro; a mis amigos y amigas del Instituto hacerse grandes en el Carnaval, ya sea en las tablas, en la radio o en la calle; alegrarme infinito al ver en la Librería Manuel de Falla el libro Cadiwoman de Susana; escuchar a Josema en su coro y hacerme la foto con él, que ya es tradición.

«¡No te lo iba a decir, pero te lo voy a decir!»: qué difícil es salir en un cuarteto y «yo no he salido en uno en mi vía». Y cómo me revuelco en el sofá esperando «el material» del Gago, un bastinazo del Pijota y su «elegante» Rosalía o echando de menos un «¡Buenos días, tú!».

No, no es Carnaval todo el año pero, si miro mi vida, ésta ha transcurrido a través de él: forma parte de mí, de mi bagaje, de mi forma de ver las cosas, de escucharlas y de sentirlas.

Este año tan duro me ha forzado a mirar atrás y echar de menos -hasta el desconsuelo- poder hablar y reirme con mi padre como hacía cada año.

Si a esto añadimos a Manolo y a Juan Carlos, cuya pérdida me ha dejado medio corazón carnavalero vacío, sinceramente no sé ni qué decir porque lo único que me sale es emoción a borbotones.

Solo agradecer hasta al infinito a todas y cada una de las personas que forman parte de este «modo de estar de la gente de Cadi» y que gracias a lo que me han hecho sentir y reir se sobrelleva mejor.

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El Carnaval entró en mí aquel día soleado cuando ese tango se me metió dentro o quizás antes, quién sabe.

Y ya se quedó para siempre. ¡Cadi!

*La fotografía del encabezado corresponde al cartel del Carnaval de Cádiz de 2017.

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