No olvidaré este Día del Libro por la melancolía que lo rodea. Por lo raro. Porque espero que los que vengan se celebren en nuestras amadas librerías, como debe ser.

Mi amor por los libros me acompaña desde siempre. Han estado en mi vida y muchos de mis recuerdos tienen como base esas páginas llenas de letras, de historias. De existencias, al fin y al cabo.

Recuerdo a mi padre leer en su tiempo libre, sentado en el sofá. Yo lo miraba absorta desde la puerta y admiraba la pequeña librería donde convivían Lorca, Miguel Delibes, García Márquez, Alberti, Paco Umbral o Miguel Hernández, entre otros. Hojeaba La Colmena, como si pudiera entenderlo. Me gustaba esa especie de estatus que parecía emanar de esos montones de hojas amarteladamente encuadernadas. Me hacían sentir importante y diferente cuando tenía uno entre mis manos.

Llegó el Libro Gordo de Petete; libros de cuentos que leía y releía hasta casi aprenderlos de memoria. Ejemplares de aventuras donde se cultivaba la valentía y la amistad, tebeos con los que me partía de risa, mientras los volvía a leer en voz alta para mi hermano.

Mis primeros relatos cortos y novelas, descubrir La casa de los espíritus o Como agua para chocolate. ¿Cuántas veces la habré leído? ¿Quince, veinte veces? Y en cada nueva lectura descubría un poco más a Tita; odiaba más a Mamá Elena, crecía mi admiración por Gertrudis y me enfadaba con más motivo con Rosaura. Lo de Pedro… Nunca lo entendí del todo.

Las lecturas heterodoxas durante mis años de Facultad mientras, en algunas ocasiones, tenía que aprender y justificar hechos totalmente contrarios o parcialmente sesgados a los que descubría en esas otras fuentes de conocimiento. Si mi actitud crítica siempre fue eminente, en estos años llegó a límites exacerbados. Y gracias.

Mis descubrimientos posteriores, que me salvaron la vida: la que tengo ahora. Ellos -los libros y artículos- y las personas que los escribieron me dieron fuerzas para perseguir mi sueño y ser lo que soy hoy. Y aquí estoy, soñando. Siendo feliz en mi camino.

Los libros me han acompañado constantemente, con más o menos acierto; con asiduidad o cortando el tiempo por trozos, como uno de esos bizcochos que saboreamos en estos días de confinamiento cuarenteno.

Por eso, aunque sea en este retiro obligado, debemos celebrar este día. A pesar de las pérdidas sufridas. Porque celebrar el Día del Libro no es más que celebrar la Vida. Se lo debemos a los que nos han dejado. Los que estamos aquí a los que están allí, viéndonos leer.

Leamos. Vivamos.

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