Te levantas un día, activa: la vida está ahí, esperándote. La tarde llega y la vida -sus motivos- desaparecen. Así porque sí, porque se ha descolocado, porque todo deja de tener sentido. Porque son solo sombra de la mañana, cuando la tristeza no tendía a infinito.

Las ideas van y vienen, la tristeza se agarrapata. Todo deja de tener sentido, el que se supone que tiene. Las uñas rojas, la camiseta de rayas, la chaqueta azul. La casa, la silla, la cocina. Parecen volatilizarse ante los ojos, que miran sin ver, captando el alrededor desmembrado, fuera de sí, sin aliciente.

Conectando con el corilio de los ojos que no viene en un bote. Quizás si se derrama un poco demuestre que todavía importa algo, pero no. Ojos secos en rostro enjuto con mirada vacía. Blanco de los ojos en rojo, promesa de la tormenta que se avecina, escondida tras las cuencas.

El buen tiempo comienza a llegar y la alegría sale por la ventana. El sol reluce en el cielo y las bombillas cerebrales se apagan en la cabeza.

Todo deja de tener sentido, salvo para el resto del mundo.

Un día estás y, al segundo, todo se esfuma con esa inesperada última inspiración. Ese definitivo aliento a los pulmones que lleva brisa marinera, algo de polen y la frescura de las jacarandas. Su color tiñe la tez, violácea; el salitre transforma los huesos en piedra ostionera, prestos al deshecho del fuego.

No, no escribiré los versos más tristes esta tarde. O sí. Cuando todo deja de tener sentido porque la tristeza tiende a infinito. Porque el llanto del alma es el cántico que precede a la muerte. Y, ahora mismo, poco importa que las sirenas hagan acto de presencia: neuronas que las acunan a través de sus sinapsis, haciéndolas suyas.
¡Cantad!

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