Es complicado. Complejo. Difícil de resolver. Camino por la orilla de la playa, paseando a mis demonios. Aireándolos, a ver si así se van. Pero no lo hacen. Están ahí, arraigados en mi pecho, que soporta resignado el peso. Esos diablos…

Las consecuencias de las decisiones que he ido tomando a lo largo de mi vida. Malas decisiones para mí, para mi forma de ser, para estar y ser yo en relaciones sanas, igualitarias, no disfuncionales: mi manera de actuar ya lo es, y ahora estoy trabajando para que deje de ser así, y esos demonios de mierda se vayan de una vez. No será ni está siendo fácil, lo sé. Llevan conmigo toda la vida, yo misma los he visto crecer y les he alimentado con gusto. Pero ya no soporto más su peso en mis hombros, en mis costillas. Necesito lo fácil, lo que flota, lo que fluye; no lo difícil, lo que me hunde, lo estancado.

Durante muchos años he permanecido callada, no decir para no desaforar. No fuera que me abandonasen por decir esta boca es mía, o no sentara bien decir al exterior lo que sienta mal a mis adentros: esa incomodidad es «porque soy una exagerada y me quejo por todo. Mejor no digo nada y me callo, que estoy más guapa».

«Y el amor todo lo puede». Si pudiera -yo, no el amor- le metería fuego a todo lo que incluya esa frase. Durante muchos años he sido complaciente, he esperado por y para nada; en ocasiones, he sido un objeto -ni siquiera un sujeto- paciente. No soy tradicional, nunca lo fui, ni lo seré. Pero tenía que encajar ahí, porque era -y todavía es- lo habitual, que no lo normal. Lo que se espera. Yo, sin embargo, no espero que lo entienda todo el mundo, ni que lo comparta, pero sí que se respete, por una sencilla razón: solo incumbe a las personas que tengo a mi alrededor, a nadie más. Y, en última instancia, soy solo yo. Yo decido. Yo. Mi vida. Esa que se va esfumando.

En la meditación, la voz me dice afablemente que cuente de 1000 hacia atrás, pausadamente, sin intentar quedarme dormida, sin un objetivo: simplemente contar hacia atrás a partir de 1000. Me reconforta su voz, su sonido, su tono, la manera pausada y amable en la que se dirige a mí. Yo siento en el 998 que quizás pudiera perder la conciencia y quedarme aquí, muerta: en el sofá, con Netflix, el mono/camisón de Women’s Secret de flores blancas y fondo negro, la pierna derecha estirada y la izquierda doblada, con la planta del pie apoyando en la mitad de la pierna contraria.

Me encontrarían así: muerta, sin vida, sin haber hecho todas las cosas que me quedaban por hacer. Feliz de no haber tenido que tomar ciertas decisiones, porque es un esfuerzo y un cambio inmensos, y estoy muy cansada. Qué bien descansar y no tener que hacer daño, no sufrir yo. Qué bien morir. Así, sin venir a cuento, sin más. Descansar de la vida, que me ahoga. Me encontrarían así, en el sofá, con los ojos cerrados, las gafas y un moño mal recogido, y la cabeza ladeada, apoyada en el hueco que hay entre los cojines. Me encontrarían así, en paz. Y sin demonios.

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