Cansada del «donde fueres, haz lo que vieres». Así nunca puedo ser yo.

“Incomodar es el paso previo a pensar.
Una mente que no está incómoda, no piensa”.

Juan Soto Ivars

Y añado: una mente que no piensa, solo puede seguir un discurso exterior; aquel que más se escuche y convenga vociferar en ese momento, sin que el discernimiento intervenga. El pensamiento, como todo lo importante de la vida, hay que entrenarlo, trabajarlo, esforzarse por. Sin embargo, es mucho más cómodo engullir un discurso ya hecho, igual que un paquete de papas receta campesina. Listo para consumir, sin complicaciones.

Porque pensar -que nadie se lleve a engaño-, llegar a una opinión propia, realizar una crítica constructiva generada por el cerebro, cuesta tiempo y trabajo. Pero si nos dejamos entretener con bazofia, y esclavizados porque no se llega a final de mes, la mayoría no haya tiempo ni ganas para ello. Y lo saben.

Hay que buscar información, escudriñarla, pensar (otra vez) sobre ella, de dónde vienen esos datos, compararlos, hacerlos tuyos, ponerte en la piel; qué sería lo más justo, qué no y, en la mayoría de los casos, el resultado es que no se está de acuerdo con nada del establishment.

Quizá con algún trozo suelto pero que, al ponerlos en común, choca. Not match para una mayoría zombificada. Como diría Esty Quesada “Carlota Corredera, gorda traicionera”. Es imposible que puedas seguir a Victoria Beckham, Henar Álvarez, Tamara Falcó y Victoria Martín. Inconcebible.

Pero las personas, por muchos que nos intenten convencer de lo contrario, no somos un pack regalo de cremas caras, que tenemos que usar todo lo que trae por cojones: te quedas lo que te viene bien, pero si hay algún producto que no, no se te ocurre tirar a la basura la caja entera.

Cómo vas a estar de acuerdo con algún artículo o a aplaudir como una foca una entrevista de Arturo Pérez Reverte, si es un señoro. Cómo vas a ir a la peluquería una vez cada mes y medio, si antes eras pobre como una rata inmunda y no tenías ni para un tinte de Simago. Si naces pobre y proletaria, mueres pobre y proletaria, como en el medievo.

Si se te ocurre hacerte autónoma, a ojos de much@s mutas -en cuestión de segundos- a pepera de mierda. Si ganas pasta, algo malo estarás haciendo. Si no tienes un duro, eres vag@. Si te gusta el dinero, eres el demonio; si no te atrae demasiado, eres floj@ y conformista. Si se te ocurre decir que estás en contra de la usurpación, te caen hostias como panes. Porque claro, mientras no se metan en tu casa «todo es bonito», como diría lady Paro.

Que dejen a una anciana en la calle porque un fondo buitre ha comprado la casa donde lleva toda la vida viviendo -y pagando- no es bonito, y la justicia debería amparar estos casos. Al igual que si se meten en tu casa: simplemente porque es tuya y la estás pagando tú, vivas en ese momento en ella o no. ¿O acaso no existe en este país el derecho a la propiedad privada?

Cuando cayó el muro de Berlín… ¿quiénes corrían hacia qué lado?


O conmigo o contra mí. Así podría resumirse. Si eres feminista tienes que serlo como Irene Montero y su cohorte dicen que es ser feminista, apoyar todos sus despropósitos; si no, eres una facha asquerosa, una burguesa acomodada que ignora sus privilegios a la que le gusta apalear transexuales, transgéneros o personas no binarias. Si no piensas como yo, no solo eres mala persona, sino que además estás ejerciendo algún tipo de violencia sobre mí. Si no repites cada palabra, si no comulgas con ruedas de molino y no te tapas la nariz para votar una ley que tu partido quiere aprobar, traicioner@.

Todo esto está extrapolado a la sociedad y, por eso, la gente anda todo el día peleándose y mirando de reojo al de al lado, no vaya a ser que le vaya mejor que a mí. ¡Facha! ¡Roj@! No por sus propias convicciones, sino por las de otr@s que, para más inri, les importa un carajo si te da para llenar la nevera o no: solo quieren tu voto para poder continuar comiendo de la olla grande, que llenamos todos nosotros, por cierto.

Si trabajas dieciséis horas, malo; pero si eres autónomo, ahí te las ventiles. «Págame», aunque te haya venido una factura de la luz de cinco mil pavos. «¡Págame!». Si no lo haces, por tu culpa no habrá colegios, ni carreteras, ni médicos. Tu culpa, no de Puyoles varios y demás fauna derrochólica de dineros ajenos. Y si tienes que cerrar lo que te da de comer, a mí no me vengas con tus problemas: haberte hecho funcionario.

O eres de Estrella Michelín o de papel de estraza en una barra, ¿cómo te van a gustar las dos cosas, degenerad@? Es más, ¿cómo una ciudad podría presentar tal ambivalencia? ¿¡Estamos locos!? Pero te vas a Nueva York y flipas con las pizzas a $1, mientras reservas mesa en Per Se.


Vivimos a golpe de panfleto. Lo chabacano y lo simplista lo llena todo, porque un@s cuant@s de luces fundidas, si es que algún día estuvieron encendidas, son l@s que venden un pensamiento ya elaborado, masticado, deglutido y digerido. ¿No resulta asqueroso tragar eso? Pues parece que no: está diseñado para que sea fácil y cómodo, como el paquete de papas.

Y mientras una mayoría engulle mediante embudo esa papilla nauseabunda, un@s poc@s se llevan palos hasta en el carné de identidad -lleven razón o no- por decir lo inapropiado, lo políticamente incorrecto, que hoy es casi todo, porque todo ofende, todo duele. No vaya a ser que a alguien le dé por escuchar, reflexione y cambie de opinión.

“Es difícil defender un valor cuando este muerde”

Juan Soto Ivars, de nuevo


Y es que los cerebros están encogiendo, como cuando tiras a la sartén una hamburguesa mala, con más agua que carne: que, al final, se queda en nada.

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