Solo lo quiero ver una puta serie, solo eso. Que la historia tenga coherencia y un argumento creíble.

Tanto si está basada en un mundo de ficción ya creado, como Star Wars, como si es un personaje histórico o, incluso, inventado. Que cuando los lleven a las pantallas se corresponda con esa realidad que el autor o la autora creó. Creo que tampoco pido tanto. O sí.

Me da igual. Estoy harta.
Como J.K. Rowling.

La imaginación del ser humano es infinita: es capaz de crear más historias, insólitos mundos, inéditas distopías y diseñar nuevos personajes donde la inclusión -tan necesaria- esté presente, pero que no esté metida con calzador y te haga vomitar, cogerte un cabreo monumental o quitar lo que estás viendo a los quince minutos de haberlo empezado, cuando llevas meses o años esperando para verlo con toda la ilusión del mundo. Seguramente ocurran estas tres cosas: ganas de vomitar, mosqueo signficativo y patada al mando a distancia o a la pantalla en cuestión.

Si hicieran una serie sobre Martin Luther King quiero, necesito, lo lógico y esperable es que el actor que lo interprete sea negro y, si el casting y la caracterización están bien hechas, que se parezca físicamente a él. Y que, además, el intérprete haga su trabajo y hable y se mueva como lo hacía el original. No sería lógico que ese personaje -que no salió de ninguna mente creativa, sino de la realidad- lo interpretara un actor asiático, blanco o indio. ¿Os imagináis que, en la película Bohemian Rhampsody, el actor que interpreta a Freddy Mercury hubiera tenido rasgos asiáticos y acento latino? ¿Hubiera encantado como encandiló esta película? Sin embargo, se hace una serie sobre Ana Bolena, y la actriz es negra. Con ello no solo no se respeta al personaje histórico, sino que además se ignora el contexto y todas las injusticias que las personas negras han sufrido a lo largo de su historia. Como si jamás hubiera ocurrido. Catapún-chin-chin-pon-pon.

Algo parecido ocurrió en su momento con Lo que el viento se llevó (1939), a la que se tachó hace no mucho de racista: una obra maestra que explica la situación en EE. UU. antes, durante y tras la Guerra Civil estadounidense o Guerra de Secesión (1861-65). Las personas negras aparecen en la película como esclavas porque en la época, lugar y contexto en que se ubica la historia era así. Y fue algo mantenido durante -al menos- dos siglos. A mí tampoco me gusta, pero así ocurrió: a principios del siglo XVII, si no antes, se secuestraba y arrancaba de sus hogares a estas personas para hacinarlas en barcos, como ganado, cruzar el océano en condiciones deplorables, explotarlas en trabajos forzados, violarlas y torturarlas hasta su muerte. Poco se habla, ahora que está tan de moda, de los suicidios que provocó aquello. Pero no, es mejor poner a la protagonista de La sirenita negra, aunque en el cuento fuera de origen danés porque su autor, Hans Christian Andersen, así lo era. Eso sí que es inclusión, ¿verdad? ¿Para qué crear personajes nuevos, donde contar sus narrativas, sus problemáticas, sus características propias y haciendo visible las cuestiones de fondo, cuando podemos coger un personaje ya creado, cambiarlo de manera forzada, continuar ignorando esas otras historias, y todos contentos? Es mucho más fácil y menos arriesgado coger lo que ya existe, que además se sabe que ha tenido éxito, hacer el cambiazo al más puro estilo trilero y plantarlo. La pega es que tiene el mismo efecto que ver una palmera en el Polo Norte y, como se te ocurra abrir la boca, prepárate para recibir improperios varios.

Estamos ante una visión totamente simplista, donde todo es blanco o negro -permítaseme el juego de palabras- perdiendo la preciosa e ilimitada escalas de grises.

Y ya sabemos -o deberíamos saber- hacia dónde conduce esto. Ni yo, ni nadie de manera individual, tiene la responsabilidad de que haya personas que no sepan interpretar un texto (leer, vamos) habiendo tenido la posibilidad de ir al colegio; o ser incapaces de entender tramas que no estén totalmente mascadas, pero que se infieren perfectamente con un mínimo de raciocinio. Y dar tantísima voz e importancia a este tipo de gente corta de entendederas, qué queréis que os diga: me parece bastante arriesgado, además de una soberana gilipollez socialmente hablando.

Y es que, al final, se nos está narrando todo desde la misma perspectiva -supremacista blanca y patriarcal- y los que estamos detrás de las pantallas deberíamos estar muy contentos y aplaudir como focas, por ver a una mujer interpretando el personaje de Capitán Marvel. Pues mira, no. Es una trampa, donde sigue imperando el mismo discurso disfrazado, y no se está teniendo en cuenta de manera eficiente la problemática racial o feminista.

Están engañando a la gente y creando un caldito de cultivo de odio muy peligroso: que se carguen de esta manera historias y personajes que la gente lleva toda la vida siguiendo y adorando duele mucho. Muchísimo. Atacan la infancia, lo que se lleva toda una vida admirando, generando un sufrimiento innecesario y visceral que, por otro lado, yo estoy segura que es premeditado. Soy suspicaz con que plataformas que siempre han sido tradicionales -por no decir casposas- estén siguiendo esta «corriente woke» (que en mi opinión nada tiene que ver con la original), sabiendo que haciéndolo como lo están ejecutando lo que genera es el efecto contrario a la justicia y la inclusión: odio.

Cuando veo una serie o una película quiero que sea coherente, que esté argumentado hasta el último pelo que sale en escena. Sin importarme si es rubio platino, cano o negro como el tizón; si es rizado o liso.

Lo que se está consiguiendo con este falso woke es que analicemos, debatamos y nos peleemos por series y películas, en lugar de por la realidad que, como ya diría Oscar Wilde, siempre supera a la ficción. Nos tienen entretenidos con cuentos, e ignoramos deliberadamente lo real, que tenemos al alcance de la mano. O lo que es peor: en el mejor de los casos, se da la misma importancia a la realidad que a lo que vemos en streaming. El pan y circo de toda la vida. Porque los asesinatos enmascarados en cesáreas (como el que aparece en House of the Dragon) han existido siempre. Y ahora tengo que escuchar o leer que si se muestra en una serie, en la que todos los personajes pasan por todo tipo de atrocidades, se está usando el sufrimiento femenino. Y si no se muestra, invisibilizamos la violencia obstetricia. ¿En qué quedamos? A mí personalmente no me gusta la violencia por la violencia. Pero en esta serie, como en su predecesora Game of Thrones, está más que justificado, además de poner sobre la mesa estereotipos y comportamientos machistas asumidos en épocas pretéritas pero que, a la vez, nos hacen reflexionar sobre nuestro presente.

Si no te gusta, solo tienes que quitarlo. Yo si no quiero ver unicornios de colores no los pongo, pero no hago un decálogo indignado quejándome porque los unicornios son blancos y tienen un cuerno y pelaje arcoíris, ni reclamo su cancelación, condenando a la hoguera a los pobres y míticos equinos. Aprovecho el tiempo para aprender, leer, escuchar a personas que tienen cosas interesantes que decir o vaguear en el sofá. No es como las horripilantes realidades que nos rodean, como una guerra que, aunque cambies de canal, esas personas -que no están en un set de rodaje- siguen teniendo que abandonar sus casas, son reclutadas mediante levas de otros tiempos y muriendo. Esto de lo que hablo es ficción. Y yo solo quiero poder creérmelo.

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