«La música solo la escuchan alta l@s jóvenes y l@s viej@s -por la sordera- y tú no estás ya en el primer grupo». ¿Me estás diciendo que estoy vieja y sorda?

Es una frase que oí no hace mucho y que me tocó el coñ… alma. Hay cosas que muchas veces damos por sentado sin pensar, sin reflexionar, sin ponerlas en tela de juicio. Son así y punto. Aceptadas, casi nadie habla de ellas, son verdades silenciosas que, sin darnos cuenta, nos hacen viejos.

Aunque la sociedad está cambiando al respecto, hasta no hace mucho una gran mayoría pensaba que a partir de «ciertas edades», pongamos entre los 35 ó 40 años, la diversión quedaba en el pasado: ir a bailar, ilusionarte con un día especial, que te coman los nervios por el estreno de una película, esperar con los pelos de punta el siguiente disco de tu cantante favorito o poner la música alta, son cosas de la adolescencia y más tierna juventud.

Como escribiera Rubén Darío «Juventud, divino tesoro, te irás para no volver».

DISCREPO.

No hay que dejarla marchar, sino interiorizarla hasta que forme parte de nosotros; hay que esmerarse. Es fácil ser joven cuando tienes 25 años, no requiere esfuerzo.

A partir de «ciertas edades» lo que hay que hacer es trabajar, preocuparse, seguir trabajando y dejarse de boberías infantiles que solo traen a nuestra vida regocijo y un poco de aire fresco.

Si no eres feliz* con tu vida tal y como es, ¿¡CÓMO SE TE OCURRE, ALMA CÁNDIDA, PENSAR SIQUIERA EN CAMBIAR!?

Ya tomaste una decisión cuando tuviste que hacerlo -a los veinte años o quizás a los treinta, cuando ya lo sabías todo sobre ti y sobre la vida (entiéndase la ironía)-, el plazo determinante ya acabó.

Si ya no te gusta lo que haces, si has perdido la pasión o simplemente te equivocaste al elegir (esto vale para trabajos, parejas, estilo de vida, etc.), lo único que te queda es aguantarte y esperar pacientemente a que la parca se decida a venir a por ti, que ten por seguro que lo hará.

Permitidme que ponga los OJOS EN BLANCO como la niña del exorcista.

La ilusión y los sueños mueven el mundo.
Pero un mundo concreto: EL TUYO.

No permitas que los años, la vergüenza, el qué dirán o lo que tú puedas creer de ti debido a prejuicios externos te obliguen a envejecer porque toca.

Tampoco hay que excederse por aparentar algo que no somos -que ya no somos o que nunca fuimos- y hacer cosas que realmente no nos apetecen. Hay que ser una misma, en nuestra justa medida y tiempo, ni más ni menos. Tanto si estoy vieja y sorda, como si no. Al final todo es cuestión de tiempo.

Si nunca te gustó bailar, pero veinticinco años después le has encontrado la gracia, ¡baila! Y si sigue sin gustarte, ¡no bailes! Si te encantaba escuchar la música alta y te sigue enloqueciendo hacerlo, hazlo; aunque ahora deberías ser más respetuoso con los vecinos que cuando tenías quince años: la hora de la siesta, por la mañana temprano y a partir de las once de la noche, no. El resto del día es tuyo.

Como dice Alejandro Sanz refiriéndose a la música en uno de sus discos «Y no hay ley, poderosa emoción que ni el tiempo la vence». Y es que hay emociones, sentimientos, ilusiones, sensaciones que no solo el tiempo no puede con ellas, sino que las hace más fuertes porque las enraíza hasta formar parte de nuestra esencia. No sé si eso es exactamente una lección de vida, pero a mí me sirve y es como quiero vivir la mía, ahora y cuando sea vieja y sorda también.

Lo siento por mis vecinos… ¡Que tronen los altavoces!

*Entiéndase lo de feliz como estar alineado con uno mismo, no como la engañosa «felicidad plena» que nos venden ahora: rachas malas, mierdías días pésimos, momentos tristes los tenemos todos porque eso también forma parte de la vida. Nos guste o no.

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