Es cuanto menos curioso. Me gusta la enseñanza, pero no ser profesora. Adoro la educación en todas sus acepciones. Me flipa el mundo infantil y adolescente, pero no me gustan los niños ni los púberes. No los odio, pero no quiero vivir con ninguno, quizás porque siempre los estoy analizando, sin querer y -aunque me fascine- me agota.

Me resulta sencillo ver cómo funcionan. Atisbo con facilidad la diferencia entre educar en positivo, pero diciendo NO cuando hay que decirlo. Una cosa es animar, alentar, motivar y otra complacer todo lo que ese proyecto de persona pida por esa boquita de piñón. La frustración existe y, cuanto antes se conozca, mejor se amortiguarán los golpes. Que los habrá, porque forman parte de la vida.

¡Proyecto de persona! Sí, para mí lo son: hay algunos adultos por ahí que lo fueron, pero no llegaron a buen término. Y todos conocemos a alguno, o a varios. Se incluyen en los seres humanos por la especie, pero dista de ser una persona, con todo lo que ello implica.

No. No soy madre. «¿¡Qué sabrás tú entonces!?» Pues lo mismo que las madres antes de serlo. La diferencia es que, sin serlo y sabiendo que nunca va a ocurrir, siempre me ha interesado la gestión de las emociones en esas edades tan hermosas a la par que complicadas, como son la niñez y la mancebía. Recuerdo con nitidez meridiana lo que yo sentía y pensaba de niña y adolescente.

Siempre he creído que son cosas que todos saben, porque es tan natural para mí que no le veo ningún mérito.

Sin embargo, ayer, hablando con mi esteticista mientras me dejaba tersa como la seda, salió el tema y como me atrae tanto el asunto, me empecé a explayar y ella -lectora acérrima y con dos hijos- me dijo asombrada «hay que ver todo lo que sabes». También me pasa con mis amigas que son mamás. Os aseguro que no digo nada del otro mundo, pero me lo agradecen muchísimo y yo siento que floto.

Enseñé a mi hermano a leer. Recordaba cómo me lo habían enseñado a mí -nos llevamos cinco años- y llegó a parvulitos sabiendo descifrar la unión entre las letras. Es verdad que siempre ha sido listo como él solo, pero me gusta pensar que ayudé un poco a desarrollar su prodigiosa inteligencia. Quizás las lecturas nocturnas de mis libros favoritos también la reforzaron.

Pero lo que despertó su curiosidad de manera abismal fue el Spectrum de segunda mano que nos compró mi padre. Ahí estaba su talento, y a eso lo ha dedicado. Yo lo miraba pasmada porque no entendía cómo, siendo más pequeño, supiera manejarse con aquello. Mi relación con la tecnología siempre ha sido una mortificación.

Muchas veces me pregunto qué hubiera sido de mi hermano si hubiese nacido hace un siglo.

Qué habrá sido de todas esas personas que, como él, su talento tiene que ver con la tecnología cuando ésta no existía. Sí, siempre ha habido inventores, pero no se me ocurre nada similar a muchas de las profesiones tecnológicas que nos rodean hoy en día.

Mi hermano fluye entre el lenguaje informático y yo lo hago mientras escribo, o hablo de gestionar las emociones o de cómo se forma el cerebro de un bebé, con sus múltiples conexiones neuronales a todo trapo.

Me maravilla descubrir los talentos de los demás y escuchar.
Me apasionan los libros infantiles que hay ahora, me parecen una gozada.

Más de una vez los he tenido entre mis manos para comprar alguno, pero finalmente los he soltado porque me he dicho: «¿Para qué quieres tú esto?» Pues para saber, para aprender. Porque me encanta. Y aquí entramos de nuevo en las creencias, en cómo nos vemos y en esas firmes certezas que no existen.

Así que, como ya estaréis sospechando, me voy a echar a las librerías y voy a seguir aprendiendo. ¿Con libros para niños? Sí. Con libros para niños. ¿Adónde me va a llevar? Pues no lo sé, pero estoy hasta nerviosa, así que seguro que a algún lugar lleno de colorines, donde pueda aportar mi granito de arena. De eso se forman las playas.

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