Escribir es un placer. Pero no siempre. Leer es un deleite. Siempre. Ambas, leer y escribir, son un disfrute.

Cuando la calor aprieta y la silla te hace sudar cual cochinillo segoviano bien criao, las ideas se quedan en stand by, en reposo, no quieren salir. Normal, yo tampoco querría. Cualquier lugar fresco me parecería bien, aunque fuera una sesera dispersa a más no poder. Mudarme a una cafetería con aire acondicionado parece una buena opción, así que cojo la tablet, abandonada desde que en diciembre tuve móvil nuevo y echo en el bolso también el libro de la Vallejo, por si la inspiración no viniera a visitarme. Ojalá algo así un día: «Voy a coger el libro de la Galindo». Me encanta. Ya algunas personas, unas más laberintas que otras, me llaman así de vez en cuando y yo me emociono mucho. Será porque a mi padre también lo llamaban así, por su apellido.

Escribir nos hace libres, al igual que leer.

Es una relación que va y viene, un toma y daca; un doy, pero en el que retorna más de lo entregado. Es un favor de los gordos sin deber nada; ayudar cuando no te lo piden, estar ahí cuando quizás no sabes ni dónde estás tú. Es mostrar un camino que tiene infinidad de finales, pero cuya desembocadura debería ser eso que nos hace fluir.

Nos sentimos libres cuando escribimos porque soltamos.

Volamos cuando leemos porque entramos en lugares nuevos sin movernos. Conocemos nuevas personas sin compromiso, vivimos experiencias sin consecuencias.

Pero resulta que cuando se da la magia -que es muchas veces- tenemos recuerdos de esos espacios no visitados, queremos a esas personas a las que -en un principio- nada nos unía porque no son de carne y hueso, o eso nos han contado; lloramos, aprendemos y vivimos de experiencias impresas en hojas de papel.

Porque leer, como escribir, es un viaje al interior.

Todos esos lugares, esas personas, las experiencias, son parte de nuestro yo, ese que no conocemos, ese que a veces olvidamos por la prisas, el que queda relegado en las entrañas de nuestros fondos. Pero ahí está, esperando, callado, paciente. Y en cuanto tiramos un poco mana a borbotones, rebosa; recordamos cosas, divagamos sobre situaciones, nos derramamos sobre esas páginas. Ya sea escribiendo o leyendo.

Afloramos y no nos da miedo porque caemos en la trampa -dichosa trampa- de pensar que todo eso es ajeno a nosotros, nos sentimos seguros en ese espacio mullido y acogedor que nos ofrecen ellas, las palabras: lo mismo nos acunan que nos dan con un palo en las costillas. Lo mismo ayudan a dormir que provocan el insomnio más desesperante. Remueven nuestro interior y hacen que el exterior se tambalee. Y qué bien que lo haga porque nos hará mudarnos de ese que creíamos nuestro eje y que no es más que un lugar que soportamos, cual condena.

Hay cosas que tenemos que hacer, no nos dejemos engañar por unicornios de colores.

Cosas que no nos gustan, pero que son coherentes con lo que somos: me encanta mucho leer, pero me cuesta ponerme. Es más cómodo mirar el móvil panza arriba, no requiere ningún esfuerzo. Soportar o actuar. Dejarnos llevar o hacer lo que realmente queremos. No por capricho o porque nos apetece, sino porque es consecuencia de esto que somos y que nos lleva a esa versión excepcional que todos traemos de serie. Entonces lo que piensas, lo que haces y lo que eres es uno. Así fluimos y la felicidad se cuela a chorreoncitos pequeños, por rendijas que no sabíamos ni que teníamos. Porque leer y escribir son un disfrute.

Dedicado a mi amiga Ana.

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