Es difícil romperse uno mismo.

Porque duele. No se puede estallar sin morir un poco.

Observemos a las estrellas. Implosionan, explotan y ya nunca más vuelven a ser lo que eran.

Da miedo bajar a los infiernos porque no sabes si después vas a poder volver, ni cómo. Por mucho que queramos experimentar, siempre deseamos volver a lo conocido. Y lo conocido somos nosotros, tal cual nos percibimos ahora.

Por eso cuando algo nos sacude, nos rompe, nos aflige y nos hace estallar nos echamos de menos. Echamos de menos a aquella persona que fuimos antes del DESASTRE. Pero es que no va a volver. Nunca más.

No.

NO VA A VOLVER JAMÁS.

Y eso duele, porque nos gustábamos, sentíamos cariño por esa persona que nos ha acompañado siempre, que ha ido evolucionando. ¿Pero esta? A esta yo no la conozco de nada. No me cae mal, pero quiero que se vaya y vuelva la de antes. Parece la misma, pero no lo es. Yo lo sé, que la conozco bien. Esta de ahora hace demasiadas preguntas. Esta de ahora piensa cosas que hacen daño. Esta de ahora me da miedo.

Esta de ahora piensa mucho en su infancia, en lo que feliz que fue. Eso sí me gusta. También es más valiente y sabe bien de quién rodearse. Quizás no esté tan mal. Además intuyo que no me va a quedar más remedio que aprender a convivir con este nuevo ser y hacerme a la idea de que el otro no va a regresar. Porque ya no existe.

Dicen que los gatos tienen siete vidas. Yo creo que los seres humanos también tenemos varias, desconozco si siete, tres o cuarenta y cinco; quizás dependa de las experiencias de cada uno. Como los gatos.

Según las categorías temporales de Braudel, el cambio puede darse de dos formas: con una evolución, el llamado tiempo lento o con una revolución, el tiempo rápido.

Las evoluciones son pausadas, tranquilas: los cambios se van dando poco a poco, de manera casi imperceptible.

Las revoluciones arrasan con lo establecido, donde antes había una aparente armonía aparece un nuevo escenario asolado, donde casi todo debe empezar a construirse desde los cimientos. Queda algo en pie, los pilares más sólidos.

Lo demás debe volverse a levantar, no copiando lo anterior: hay que emplear el espacio baldío para acomodar elementos nuevos que antes no tenían cabida, levantar muros donde antes el espacio era abierto. Han caido paredes que dejan ver algo que siempre ha estado ahí, pero había permanecido oculto.

Ahora hay una visión global, 360º alrededor. Es agotador verlo todo así, pero a la vez reconforta. Un dron, nada se escapa de la vista.

El primer cometido es erigir unas murallas robustas para evitar ataques. La protección es primordial. Y, a partir de ahí, contruir la nueva ciudadela: con su buena casa de comida, sus buenos médicos y colegios y su castillo, con sus almenas e incluso sus dragones. Es nuestra, somos nosotros. Podemos crearnos como nos dé la gana.

Debemos hacernos siendo. Nada ni nadie va a ser por ti. Aunque quiera.

Es lo único que nos pertenece de verdad. Seamos.

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