Justicia para Samuel. Por mucha tecnología y muchos adelantos que tengamos ahora, todo es igual.

Esta mañana, mientras andaba camino a la playa, he visto una bandera arcoíris en uno de los edificios de la Universidad de Cádiz. Manchada con pintura blanca.

He ido aflojando el paso, mientras observaba cada gota de pintura que tapaba una parte de los colores, volviéndolos todos blancos. Igual, misma tonalidad. Blanco. Pero debajo hay otra cosa. Lo sé porque el resto del paño mantenía sus colores. Si toda ella hubiera estado cubierta de pintura blanca, simplemente hubiera pensado que el arcoíris no existía, que solo se trataba de una bandera blanca. Paz. (Pausa para pensar).

No viví el primer tercio del pasado siglo, pero sí he leído y estudiado mucho sobre ello y las personas que vivieron en la sociedad de aquella época. Y el clima que se está dando hoy por hoy me recuerda mucho al de entonces. Cada día un poco más. No se trata de una opinión personal, se trata de hechos.

La mayoría de la población no se da cuenta. Por eso es tan importante la Historia.

Por eso es de vital importancia que se estudie en los colegios e institutos, y no como una correlación absurda de fechas y hechos, sino como un pasado común que deriva en los que somos ahora: futuro de ese pasado que, si desconocemos, estamos condenados a repetir. Así de dura, atrevida y cruel es la ignorancia. Si no hemos aprendido a la primera, tropezaremos de nuevo con la misma piedra. Y así una y otra vez, así nos partamos la boca mil veces.

Pero no aprendemos porque no queremos. Porque es más fácil mirar hacia otro lado y pensar que no va con nosotros: la culpa es de otros, del resto, nunca mía. El clima que se está creando es el caldo de cultivo perfecto para que, donde antes había personas, de pronto haya ejecutores que se rigen por la voz que más se desgañita.

Así empezó el fascismo y el nazismo. Hitler ganó unas elecciones, no dio ningún golpe de estado. Estaba ahí porque las personas, los ejecutores, lo pusieron. Porque cuando dejamos de ser personas, nos volvemos masa. Y a la masa es muy fácil manipularla, dominarla y ejecutarla poniendo una falsa libertad por bandera.

Libertad no es hacer lo que te da la gana, sin importar dónde, cuándo, ni a quién. Eso se llama psicopatía. La libertad es sinónimo de empatía y respeto, ese que pone por delante la esencia de las personas: en el que el amor y el sexo campan a sus anchas, porque los que participan de ello lo hacen sin ningún tipo de coacción. Que a mí me guste el azul no significa que a ti te tenga que encantar: yo visto de celeste; tú de verde y nos damos un paseo por la ciudad.

Matar a un chico de veinticuatro años al grito de maricón -como si esa palabra fuese un insulto-, no es respeto. Ni mucho menos libertad. Es otra cosa. Es el escalofrío que me recorrió la espalda esta mañana, cuando vi la mancha blanca sobre la bandera. Y me acordé de Lorca, al que remataron con un tiro en el culo. Por maricón.

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