Ayer acudí a una Masterclass de Guion impartida por Javier Olivares, el creador junto a su hermano Pablo de mi serie favorita, El Ministerio del Tiempo.

Como historiadora -y como persona humana- es una auténtica delicia y, desde el primer capítulo, supe que era ministérica. Ya escribí un artículo al respecto hace algún tiempo, aludiendo a un casting que se celebró en Cádiz y al que acudí, con motivo de la grabación de algunas escenas de uno de sus capítulos.

Es curiosamente desagradable cómo se comporta España con sus talentos.

A pesar de que Javier no quiso entrar en los por qués, es vox populi desde hace tiempo el maltrato que esta genalidad -y sus genios- han sufrido para llevarla a cabo. No se entiende el comportamiento de la televisión pública de este país para con una serie como El Ministerio del Tiempo: presentando esos datos de audiencia en streaming y el movimiento generado en redes sociales tras cada capítulo que, en lugar de vanagloriarse por su acierto y encumbrar a todo el equipo, generador de esa cultura y riqueza, no solo no lo haga, sino que lo tire por tierra, lo anule y lo oculte. Es simplemente inconcebible.

Los americanos -que de hecho copiaron la serie con malas artes- se hubieran hecho de oro con algo así. Pero aquí no, aquí lo tiramos a la basura. Spain is different.

Ya ha pasado cientos de veces, pero para muestra un botón que os cuento a continuación, digno para un capítulo de la serie: el submarino de Isaac Peral, cuyas pruebas de verificación se realizaron con éxito el 7 de junio de 1890, y su construcción fue llevada a cabo en La Carraca (San Fernando-Cádiz), curiosamente situada enfrente del Teatro Principal de Puerto Real, donde tuve la suerte de asistir a la masterclass de Javier Olivares.

Peral, apoyado en un principio por la monarquía y el ejército, ejecutó con éxito su proyecto sobre este innovador invento. «No hubo ciudad, pueblo o aldea que dejara de poner el nombre de Peral a una plaza o calle», ejemplo del éxito y la repercusión social que generó su talento en todo el país. Pero… Spain is different.

Debido a temas políticos, envidias, maniobras rastreras y la coherente exigencia de Peral de llevar a cabo personalmente la dirección científica en exclusiva de su proyecto, dieron al traste con lo que podría haber sido y no fue. El submarino quedó abandonado durante años como chatarra en La Carraca, con previsión de desguace, hasta que en 1929 el almirante Mateo García de los Reyes logró recuperarlo y remolcarlo hasta Cartagena, formando parte actualmente del Museo Naval de esta ciudad.

Esto es lo que pasa cuando ponemos a lerdos, inútiles, personas despreocupadas o no adecuadas en cargos de toma de decisiones relevantes, en lugar de desarrollando actividades propias de su destreza: el desastre.

Desastre por no poder sacar adelante un proyecto que -quizá- hubiera significado un giro en la historia de nuestro país. Definimos como desastre dejar arrumbado durante años, con sus días y sus noches, algo que debería haber sido puesto en valor desde el minuto uno, llegara a buen puerto o no, permítaseme la ironía. Desastre por permitir que, habiéndose realizado las pruebas en Cádiz, con la repercusión que todo aquello tuvo en la ciudad, se lleven un trozo de nuestra historia a otra localidad (y gracias que no se desguazó), porque aquí no se valora, ni se aprecia y, si me apuran, ni siquiera se sabe que existe, ni falta que hace. Ji, aro, aro.

Esto es exactamente lo que ha ocurrido con El Ministerio del Tiempo. Caer en la desgracia de estar ante personas sin visión, donde en lugar de aupar el talento y luchar porque salga a flote, se le ponen mil zancadillas para que, hasta el más pintao, caiga tocado y hundido. Por suerte, pudimos disfrutar al menos de cuatro temporadas magníficas que volveré a ver en HBO, ya que la esperanza de nuevos capítulos ha quedado -por lo menos de momento- sumergida en el fondo del mar.

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